Yo le llamo Raborroto. Parece haber perdido la movilidad en gran parte de la cola, quizá en alguna pelea o en un desafortunado encuentro con un coche o una pandilla de niños asilvestrados *, lo que le hace arrastrarla, fracturada, como un apéndice artificial.
Raborroto se pasea a sus anchas por la calle, día y noche; ya haga sol o diluvie. Encabeza una cuadrilla de vagos y maleantes de su misma calaña. A pesar de no levantar tres palmos del suelo, te mira de igual a igual. Cuando cruzas una mirada con él, parece decirte “Ay, pataliebre!“
Se cuela en locales y edificios, como Pedro por su casa. El barrio es suyo, está claro. Y nosotros, simplemente somos parte de sus dominios.
Y no le va mal. Sabe de sobra dónde cobijarse y en el supermercado que frecuenta, tiene línea de crédito indefinida. Cada noche encuentra manjares de sobra en su cubo de basura.
Es un crack, sencillamente. Quizá no sea el más guapo, ni el más fuerte, pero ha sabido ser el líder, por pura actitud ante la vida. Con su mezcla de chulería y tablas, no le asusta plantarse a tomar el fresco por la noche, en la puerta de la oficina. Se lleva amiguitas, incluso. Total, esos geeks tan raros de dentro, no harían daño ni a una mosca.
(*) En mi tierra hay más veteranos por esta causa, que por cualquier otra. Vagan, mutilados, por el resto de sus días, si no mueren antes por la propia infección. Me ahorraré detalles sobre las mutilaciones en sí.