El Manzanares azul
Maldita la hora. Ese waltz resuena en mi cabeza, una y otra y otra vez, mientras asisto como espectador ajeno a mi propia alucinación.
La vida fluye, como acompasada, en la jungla de asfalto. Yo, en mi burbuja, la veo, la oigo, la huelo; pero no la siento. Estoy a años luz de allí, como al otro lado del espejo. Me oigo respirar y el vaho empaña mi perspectiva. Las figuras se tornan bultos y oigo risas en mi cabeza.
Pasos, música, risas. ¿Una fiesta? En mi cabeza, mis neuronas bailan al ritmo de Strauss. Están borrachas, pero yo no. La cordura corretea de un lado a otro, obsesionada con no dejar caer la vajilla al suelo, que luego hay que limpiar…
Pero no me han invitado, llamo a la puerta y nadie me abre. ¡Pero si es mi cabeza!

Me siento. Me tumbo. Duermo. Me levanto. Trabajo. Río. Lloro. Duermo. Y de vez en cuando, me vuelvo a dejar llevar por la música en mi cabeza. Chan ta ta - chan ta ta…
¡Plop! Despierto. Un correo me dice que alguien me busca desde hace rato. ¿Quién necesita drogas? Acabo de dar la vuelta al universo dos veces y vuelvo a caer en mi silla de oficina.
Maldita la hora en que descubrí a Strauss.
Poniendo banda sonora a esta alucinación: El Danubio azul
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