Verborrea Esporádica

 

El negocio de las redes WiFi

La tontá esta va de: // Y la parió tupolev a las 1:38 pm

Una hora cualquiera de un día cualquiera. Paseo por Madrid con una buena amiga cuando, al pasar por un Starbucks, mi reloj biológico me dice que es hora de tomar un café. Mientras espero mi Mocca Latte Iced Mongler, me fijo en un tríptico sobre el mostrador: Internet sin cables. Hojeándolo, solo veo pantallazos de un formulario de una empresa llamada Swisscom.

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Wifi Zone

No necesito leer más. La triste realidad, es que no es un servicio gratuito. La infraestructura y la conectividad las provee Swisscom a Starbucks, ellos ponen los sofás y el café. La última vez que usé un servicio de este tipo, fue hace un año en el Aeropuerto de Barajas y el precio rondaba los cinco euros por hora de conexión. Y eso que el terminal lo pone el usuario.

Me río, recojo mi café y mientras nos lo tomamos por la calle, recuerdo como empezó todo esto, hace unos años.

Nos creíamos los reyes del mambo, asistíamos en primera fila al nacimiento de un nuevo paradigma de la comunicación. El concepto Always On, elevado a su máxima potencia. Las redes inalámbricas salían de casa y parecían querer comerse el mundo, mientras cada vez más dispositivos incorporaban conectividad para éstas.

El huevo y la gallina, esta vez, parecían ir paralelos. Primero fueron los ordenadores portátiles; luego las PDA y, por último, consolas portátiles y teléfonos móviles (Abortos como la nevera no los cuento, porque no creo que nadie vaya por ahí con una a cuestas). Mientras, los edificios públicos, aeropuertos, estaciones de ferrocarril y autobús, empezaban a dejar abierta algunas de sus redes, permitiendo su uso público y gratuito. Pronto, las universidades y centros de estudios -superiores, mayormente- se sumaron a la iniciativa, e incluso algunos ayuntamientos anunciaron el despliegue de redes inalámbricas de carácter gratuito, para permitir el acceso a Internet a sus vecinos.

Por entonces, cómo no, las operadoras de telecomunicaciones -las telecos- ya llevaban tiempo con la mosca detrás de la oreja. La comunicación global era un objetivo que les pertenecía a ellas. Y sus rentas también, claro. La telefonía fija dejó de ser la gallina de los huevos de oro hacía tiempo, estando su mercado actual en la telefonía móvil y la transmisión de datos. Un terminal móvil inteligente con conexión inalámbrica (WiFi o incluso Bluetooth), podía permitir la transmisión fluida de voz con una calidad aceptable, así como mensajería instantánea y cualquier otro servicio de datos, sin usar su red. En cristiano, sin pagar.

Los paquetes de conexión residencial a Internet (ADSL y cable) incorporaban ya módem-routers con tecnología inalámbrica, para eliminar los cables en casa. Así que, con una buena antena, uno podía pasear conectado a internet por ciertas calles, debido a la cantidad de redes domésticas desprotegidas existentes. Incluso hay quien se dedicaba a ello. Lo que se conoce como wardriving.

En aquél momento, misteriosamente, apareció una ley -la Ley General de Telecomunicaciones- que declaraba ilegal el uso compartido de una conexión a Internet, siendo responsable el propietario de la misma y requería que, quien quisiese hacer esto, lo hiciera bajo licencia de operador de telecomunicaciones, con el coste económico y burocrático y requisitos de seguridad que ello conlleva.
El lobby de las telecos no dudó en hacer uso de su regalo y, a través de la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones (CMT), llegó a protagonizar polémicas incluso con organismos públicos, como el ayuntamiento de Atarfe (Granada).

Si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él” dicen.

Algún avezado ejecutivo pensó que, en superficies con gran trasiego de gente -como aeropuertos, edificios públicos o de uso cotidiano y áreas de ocio- implantar y mantener una red inalámbrica suponía una inversión rentable, dados los beneficios que podía reportar su explotación. Y no le faltaba razón. En esencia, el proceso era el siguiente:

  1. Auditoría de seguridad y propuesta de negocio. Nosotros te blindamos tus comunicaciones internas y dejamos una en exclusiva abierta, para uso público, que explotaremos exclusivamente y a nuestro modo.
  2. Despliegue de la infraestructura. Cubrimos la superficie con puntos de acceso, conectados a una pasarela de acceso a Internet.
  3. Explotación del servicio. La pasarela permite salir solo a usuarios dados de alta en el servicio y con saldo suficiente. El saldo se consigue adquiriendo bonos en un sitio web, que es el único accesible a usuarios no registrados desde esa red. Es decir, si no has pagado, lo único que puedes hacer es ir a pagar.

La idea resultó un éxito. Telefónica creó su servicio Zona Wifi, implantándolo en centros comerciales, puertos, aeropuertos y algunos restaurantes y hoteles, en las principales ciudades españolas. Sin embargo, por entonces, aún podían verse algunas redes libres en aeropuertos como el de Madrid-Barajas, que la propia Telefónica y AENA -Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea-, ponían a disposición de los usuarios de sus salas VIP, pero que resultaban accesibles desde las zonas cercanas de la terminal.

Pero en los aeropuertos, sucede que todo o casi todo funciona por políticas comunes de AENA y IATA -International Air Transport Association- y esto se quiso aplicar a la explotación de sus redes inalámbricas. Tiene su lógica, que si un ejecutivo de los de PDA pegada a la mano sube al avión en Madrid y baja de él en Helsinki, Bombay o Málaga, no necesite ser usuario de todas las redes que vaya encontrando. En su lugar, debe ser la red quien detecte e identifique al terminal como usuario único. El equivalente al roaming en la telefonía móvil clásica.

En este caso, se hizo más sencillo aún. Una sola operadora para controlarlas a todas. Recién nacidas empresas, dedicadas a la implantación y explotación de redes inalámbricas, como KubiWireless, se lanzaron a por la exclusiva en estas áreas, haciendo de puente entre sus millones de usuarios y las telecos locales. Y les debió ir bien el negocio, porque ahí siguen. Incluso en el endogámico mundo de los organismos públicos españoles, donde pretender hacer sombra a Telefónica es como mear contra el viento. Solo hay que encender el portátil mientras se espera en la puerta de embarque e intentar entrar a Google, por ejemplo.

Viendo que se les daba bien, decidieron extender su modelo de negocio a “la calle". En el ocio en el mundo occidental, todo son franquicias y corporaciones multinacionales, por lo que vender la moto a la junta directiva de una multinacional de cafeterías como Starbucks, supone plagar medio Madrid, donde existen veinte locales, de hotspots(como se conoce a los puntos donde existe conectividad WiFi). Y quien dice Starbucks, dice McDonald’s, Burger King, Pizza Hut, Kentucky Fried Chicken o cadenas nacionales, como Vips, Gino’s y todas las de su grupo (que engloba a unas veinte marcas, presentes en todo centro comercial español).

Un negocio redondo donde, como siempre, sale perdiendo el consumidor. Al ser un contrato exclusivo, local que provee hotspot, es local que no ofrece conectividad gratuita. El número de puntos de acceso crece exponencialmente, pero el número de redes libres decae rápidamente, si es que alguna vez fue considerable. Ahora que las telecos ofrecen tarifa plana en las conexiones residenciales, resulta que donde menos usamos Internet, es en casa. Una necesidad más, creada artificialmente (es tremendamente útil, pero no imprescindible), cuyas tarifas no están reguladas por la CMT, a pesar de la anteriormente citada Ley General de Telecomunicaciones.

Pero quedaba un flanco por cubrir: Las conexiones residenciales. El último resquicio de altruismo, que son quienes comparten su red doméstica aposta, filtrando el tráfico pesado, pero permitiendo el uso del correo electrónico y la navegación web. Entonces apareció FON.

Disfrazando su idea de revolución popular -pese a no ser ni idea original, ni revolución, ni ná-, su creador quiso extrapolar el modelo de negocio de KubiWireless al usuario particular, ofreciéndole compartir los beneficios de explotar su red inalámbrica residencial, con el resto de usuarios de la comunidad FON, creando una red de puntos de acceso más grande que cualquier corporativa.

Su filosofía era: “Tú pagas tu conexión a Telefónica, abres tu red al mundo y lo que saques, pa’ mi. A cambio, tú puedes conectarte gratis a cualquier punto de acceso de FON, allá donde vayas. Porque FON se va a comer el mundo.”

“Si Kubi convenció a toda una junta directiva de AENA ¿por qué no puedo yo convencer a un hatajo de niñatos, por muy grande que sea el hatajo?” Pensó.

Pero no lo mismo convencer a una mesa de directivos, donde entre todos no reúnen un cerebro operativo normal (aunque la suma de sus patrimonios supere la renta de un pueblecito medio), que convencer a un chaval de que ceda su ancho de banda -o lo que es lo mismo, que deje que sus películas bajen más lentas- para que la pasta se la lleve otro. Y FON, a pesar de su marketing y sus correligionarios defensores, no pasó de ser un grupo de usuarios dispersos por la geografía mundial, sin densidad suficiente como para llamarlo red.

Así que, con los puntos de acceso en áreas comunes, convertidos en negocios sangrantes y los puntos de acceso particulares en extinción, el paradigma Always On se convirtió en Always On, con Visa.

Lo peor es que nos acostumbraremos. La semana que viene salgo de viaje y mi PDA ya está cargándose. Y es que dos horas sentado esperando el embarque, son muchas horas.

Stewie dice: Quiero mis comentarios, tío!

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